Hasta pronto Chile

Llegué a Chile hace casi 7 años por casualidad. Nunca planeé vivir en esta parte del mundo, pero a veces la vida te sorprende con giros que no esperas y que cambian tus planes por completo. Pisé por primera vez Santiago una mañana de otoño, después de cruzar la inmensa Cordillera de los Andes, que custodia la ciudad y deja al país aislado y obligándolo a mirar al Pacífico.

Reconozco que durante un tiempo, Santiago y yo no nos llevamos bien. La contaminación, el ruido y el tráfico eran las tres razones principales por las que, en aquella época, solo quería escapar de allí. Pero pronto aprendí a vivir con eso y a disfrutar de la ciudad.

Santiago, una vez leí que es como la hermana mayor de las capitales latinoamericanas, y me pareció que era exactamente así: Tranquila, segura y responsable. Una ciudad donde las cosas funcionan, bastante organizada y probablemente la capital más segura de la región.

Santiago es tomarte una copita de Carménère en una terraza escuchando a Mon Laferte, es subir el cerro Manquehue para ver la ciudad desde arriba los días que no hay smog, es un poema de Gabriela Mistral, un asado con los amigos en el jardín de casa, es mi país inventado de Isabel Allende. Santiago es comer empanadas de pino, pasear por el Barrio Italia echando un vistazo a los escaparates y escuchar a las 12 en punto el cañonazo del Cerro Santa Lucía. Visitar el Museo de Arte Contemporáneo cuando hay exposiciones, tomarte una piscola en algún garito de Bellavista y echarle pebre al pan amasado mientras esperas tu plato en algún restaurante. Es el taco de las 6, el metro a reventar, la palta en todas las comidas, el 18 de Septiembre, un temblor de tierra a las 3 de la mañana…

Los que hayáis vivido allí seguramente me entenderéis y los que no me entendáis, tenéis que visitar Santiago.

¡Hasta pronto Chile!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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